EL
NAUFRAGIO DEL MAIPÚ
Muchas
veces había oído contar en mi casa la historia de la prima
“Yiya”, que era tía segunda mía. Ella trabajaba
de enfermera en el trasatlántico argentino Maipú
cuando se hundió en su primer viaje. ¿El Titanic argentino?
No, ni muchísimo menos. Si es verdad que la causa directa de su
pérdida fue una colisión, pero en este caso el iceberg tenía
la forma de buque de guerra norteamericano, por cierto, torpemente tripulado.
Pero, a diferencia de la archiconocida tragedia del trasatlántico
inglés, no hubo que lamentar desgracias personales entre el pasaje
y la tripulación, algo que puede parecer un milagro teniendo en
cuenta las circunstancias en que se desarrolló el suceso.
Con
el nacimiento del siglo XX, las jóvenes Elena y Araceli Viviana
Lázaro, dos de las hermanas de mi abuela, decidieron buscar nuevos
horizontes lejos de España. Tomaron uno de esos barcos de la emigración
que hacían escala en los puertos españoles y siguieron el
camino a la Argentina. Pasados unos años Araceli Viviana se casó
con Felipe Marconi, primo del inventor de la telegrafía sin hilos,
y de su matrimonio nacieron 7 hijos. La tercera en orden era Dionisia
Luisa, que desde pequeña fue conocida en la familia como “Yiya”.
Fue creciendo y llegado ese momento en la vida en que hay que tomar un
camino para el futuro decidió estudiar enfermera, profesión
que marcaría en parte su vida.
En
la República Argentina, el Departamento de Maipú es uno
de los 18 municipios que conforman la provincia de Mendoza y fue creado
el 14 de mayo de 1858 por Decreto del Gobernador Juan Cornelio Moyano.
Está situado a 15 kilómetros al sureste de la cuidad de
Mendoza y alberga una población de unos 140.000 habitantes en una
superficie de 712 kilómetros cuadrados. El primer buque conocido
que llevó su nombre fue construido por encargo por el Gobierno
argentino en 1880 para el transporte de pasajeros y tenía 723 toneladas
de registro bruto (TRB). Todavía faltaban muchos años para
que otro buque llevara su nombre aunque sería por poco tiempo.
En
agosto de 1949, las diferentes navieras del Consorcio Dodero fueron adquiridas
por el Estado argentino en lo que para muchos fue una extraña operación.
Una vez acabado en 1951 el proceso de traspaso los activos se dividieron
en dos grupos. El primero se utilizó para crear nueva una naviera
que se denominó “Flota Argentina de Navegación de
Ultramar” (FANU). Su flota la componían los buques de la
“Compañía Argentina de Navegación Dodero”
y de la naviera “Río de la Plata, S.A.”, además
de una importante flota de remolcadores y otras unidades auxiliares, además
de los talleres navales de Avellaneda, Almirante Brown y San Fernando.
Con el segundo grupo se formó otra naviera denominada “Flota
Argentina de Navegación Fluvial” (FANF), en la que se integraron
los buques de la “Compañía Fluvial Argentina”,
algunos remolcadores y un buen número de unidades menores. Cinco
años más tarde, los talleres de FANU se escindirían
creando la Administración General de Talleres de Reparaciones.
Para
incrementar la capacidad de transporte de inmigrantes y carga, y cubrir
la ruta del Mar del Norte, el ingeniero noruego Thorwald Horn, que trabajaba
desde 1918 para el Consorcio Dodero, desarrolló el proyecto de
un buque mixto de pasaje y carga en torno a las 11.000 TRB y 160 metros
de eslora. Se decidió construir tres unidades gemelas que se encargaron
en el año 1949 a varios astilleros holandeses. El primero fue botado
el 17 de octubre de 1950 en los astilleros “N. V. C. Van der Giessen
& Zonen´s Scheepswerven” de Krimpen, unidad que era su
número de construcción 753 y llevaba en su casco el nombre
de Yapeyú. Fue entregado en abril de 1951 a la
naviera. El 20 de enero de 1951, los astilleros “N. V. Koninklijke
Maats De Schelde” de Vlissingen, botaron su número de construcción
267, segundo de la serie, que portaba el nombre de Maipú. Fue entregado
a la naviera en mayo del mismo año y costó 26 millones de
guldens. El último de la serie fue el San Lorenzo, número
de construcción 268 del astillero “N. V. Koninklijke Maats
De Schelde” de Vlissingen, y fue botado el 30 de junio de 1951.
Mientras se encontraba en periodo final de armamento cambió el
nombre original por el de Alberto Dodero, como homenaje
al armador que acababa de fallecer, entrando en servicio en octubre de
1951. Los tres buques encargados inicialmente por el Consorcio Dodero
se incorporaban al final a la FANU.
Años
más tarde, el Yapeyú y el Alberto
Dodero serían vendidos a la naviera argentina Transportes
Oceánicos, S.A. que los transformó en buques especializados
para transporte de ganado, con los nombre de Petrel y Cormorán,
respectivamente. Ambos acabaron sus días desguazados, el primero
en 1980 y el segundo en 1985.
Las
características generales del Maipú, muy similares a las
de sus dos hermanos gemelos, eran las siguientes:
Buque mixto de pasaje
y caga. Podía transportar 729 pasajeros (13 en primera clase y
el resto en turista) y carga general en seis bodegas con medios de carga-descarga
propios a base de plumas y puntales.
Registro Bruto: 11.521 toneladas.
Registro Neto: 6.420 toneladas.
Peso muerto: 7.935 toneladas.
Eslora total: 158,57 metros.
Manga: 19,51 metros.
Puntal: 11,58 metros.
Calado: 7.88 metros.
Capacidad de carga a granel: 308.378 pies cúbicos.
Capacidad de carga general: 279.644 pies cúbicos.
Capacidad de carga frigorífica: 79.967 pies cúbicos.
Motores: 2 Diessel Werkspoor-Sulzer de 10 cilindros. Dos ejes.
Potencia: 10.000 CV.
Velocidad: 17 nudos.
Tripulación: 158.
Al amparo de la Merchant Marine Act de 1936, los
Estados Unidos establecieron una comisión marítima que tenía
la finalidad de modernizar y ampliar el número de buques de transporte
para su Marina de guerra. Se diseñaron tres tipos estandarizados:
C-1, C-2 y C-3, que eran más grandes, más rápidos
y más avanzados que otros buques del mismo tipo disponibles en
ese momento. En 1941, cuando la guerra se adivinaba más cercana,
se diseñó un cuarto tipo de buque de mayor tonelaje denominado
C-4, que tenía las siguientes características generales:
10.000 toneladas de desplazamiento, 162 metros de eslora, 22 metros de
manga, 8 metros de calado, 16 nudos de velocidad, y con una capacidad
de transporte máxima en torno a las 3.300 personas. El proyecto
se retrasó varios años debido a innumerables problemas que
fueron apareciendo, muchos de ellos relacionados con el diseño.
Hasta
mayo de 1942 no se puso la quilla del primero de la serie, el USS General
George O. Squier (AP-130). El 1 de abril de 1944 se botó en los
astilleros Kaiser Co. Inc., en Richmond, California, el USS General M.
L Hersey (AP-148). El nuevo buque, entregado a la Marina en mayo del mismo
año, fue asignado a la zona del pacífico asiático
participando en los desembarcos de Leyte y en numerosos trasportes de
tropas entre Estados Unidos y las zonas de guerra. Al término de
la guerra, fue desactivado y transferido en 1946 al Ejército de
tierra norteamericano que lo encuadró entre sus unidades de transporte
con el nombre de USAT General M. L Hersey. Nuevamente reactivado por la
Marina en 1950, fue asignado al Military Sea Transport Service (MSTS)
como USNS General M. L Hersey (T-AP-148) y tripulado por personal civil.
En los años siguientes estuvo transportando refugiados europeos
hasta Estados Unidos en apoyo de la Organización Internacional
para los Refugiados, teniendo Nueva York como puerto base. A partir de
1952 realizó diferentes viajes entre San Francisco y puertos asiáticos
transportando tropas y pertrechos destinados a la Guerra de Corea. En
1968 fue convertido en mercante y acabó desguazado en 1988.
Tras
la entrega por el astillero, una tripulación llegada desde la Argentina
a Holanda se hizo cargo del Maipú en junio de 1951. Una de sus
integrantes era mi tía segunda “Yiya”, que había
decidido cambiar la tierra firme de los hospitales para trabajar como
enfermera a bordo de los buques. En su viaje a la Argentina, sin pasaje
ni carga, hizo una primera escala en España. Un soleado día
del mes de julio atracó el reluciente buque, con el casco pintado
a medias en gris claro y blanco y con la superestructura igualmente blanca,
en uno de los muelles del puerto de Bilbao perteneciente a la villa de
Santurce. Poco tiempo después continuaba su camino hasta su destino
en el Río de la Plata para comenzar su explotación comercial.
Se le adjudicó la línea del Mar de Norte que tenía
las siguientes escalas: Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro,
Vigo, Bilbao, Ámsterdam y Hamburgo. El viaje de ida y vuelta tenía
una duración de dos meses, y después de cada viaje completo
había un merecido descanso para la tripulación de 20 días.
El
primer viaje comercial del Maipú empezó en Buenos Aires
a primeros de octubre de 1951. Al mando se encontraba el capitán
Juan Márquez. La tripulación se sentía satisfecha
porque se trataba de un barco nuevo, era su primer viaje y hacían
una ruta atractiva. El pasaje era todavía escaso y en sus bodegas
se apilaban una buena cantidad de materias primas argentinas con destino
a Europa, principalmente fruta y carne. Los días de navegación
transcurrieron sin novedad. Se efectuaron las escalas previstas y, a pesar
de tratarse de un barco de construcción reciente, no se presentaron
demasiadas averías, solo algunos problemas lógicos de juventud.
En su escala en Amsterdam se aprovechó el tiempo, casi una semana,
para realizar pequeñas reparaciones dentro del periodo de garantía
y en sus bodegas se estibaron un buen número de coches destinados
al mercado sudamericano. Con respecto al número de pasajeros hay
discrepancia aunque todas las fuentes lo sitúan un poco por encima
de los 100, casi todos de nacionalidad argentina.
Terminadas
las reparaciones, el buque abandonó Amsterdam y puso rumbo al último
puerto de escala en Hamburgo. El domingo 4 de noviembre, el Maipú
navegaba con rumbo Este en demanda de la entrada del río Elba con
poca visibilidad. El día había amanecido frío y húmedo,
lo que unido a la ausencia total de viento y mar en calma suponía
uno de los mayores peligros que pueden presentarse en la mar como es la
niebla.
En el puente, el oficial de guardia Rafael Simo notó como la visibilidad
disminuía a causa de un banco de niebla y decidió avisar
al capitán. A las 5 y media, Juan Márquez, con el primer
oficial Jorge Tomasevich, se hizo cargo de la guardia. La escasa visibilidad
que no permitía ver la proa y una zona delicada para la navegación
requerían su presencia permanente en el puente. El Maipú
avanzaba con media máquina y emitiendo las señales reglamentarias
de niebla. Gracias a la ayuda del radar se tenía un conocimiento
aproximado de los buques y otros obstáculos cercanos, pero había
que estar muy atento porque la niebla producía muchas interferencias
y falsos ecos. En el año 1951 los radares eran todavía bastante
rudimentarios y no era difícil que se produjeran desviaciones de
rumbo, ángulos muertos y algunos errores en su funcionamiento.
No obstante, constituían una ayuda importante en la navegación.
Pasadas las seis de la mañana apareció un eco que se aproximaba
por uno de los costados. Se hizo un cálculo rápido de rumbo
y velocidad del eco. El resultado fue que pasaría por la proa y
a una distancia segura. A esa hora el Maipú se encontraba a unas
5 millas al noroeste del buque-faro Weser. Eso significaba que dos horas
más tarde estarían en las proximidades del buque-faro Elba
I para embarcar al práctico y empezar a caer a estribor con el
fin de remontar el río Elba.
La
vigilancia sobre el radar era continua y no había novedades con
el eco detectado, que continuaba a su rumbo y velocidad, y con los demás
ecos que también se mantenían suficientemente apartados.
El Maipú también disponía un radiogoniómetro
con el que se conseguían demoras para establecer la situación.
De pronto, el eco rectificó su rumbo aunque las interferencias
impedían saber exactamente si era un rumbo de colisión.
La proximidad era tal que no se pudo maniobrar con timón y máquina,
y solo fue posible observar como una afilada proa se clavaba hundiéndose
en el costado del Maipú entre la escala real y la chimenea que
produjo una brecha de unos tres por tres metros por donde empezó
a entrar agua en el interior. A bordo del Maipú se notó
un temblor brusco y al mismo tiempo se apagaron las luces, aunque pocos
segundos después se encendieron automáticamente las de emergencia.
El avance del buque casi se detuvo y los motores también se pararon.
En ese momento eran aproximadamente las 7 menos cuarto de la mañana
y menos el personal de guardia y algunos pasajeros que se habían
levantado a desayunar para seguir las maniobras de aproximación
a la costa alemana, el resto de pasajeros y la tripulación dormían
placidamente.
La
velocidad del otro buque no era excesiva por lo que la proa no penetró
demasiado y ambos buques se separaron poco tiempo después de colisionar.
La tripulación, con el capitán al mando, empezó a
organizar las operaciones de salvamento. La confusión era muy grande
pero la tripulación, actuando de forma rápida y con serenidad,
intentó hacer todo lo posible por salvar al buque. El Maipú
se hundía lentamente pero como todavía no había una
escora apreciable se pudieron lanzar al agua todos los botes salvavidas
de ambas bandas. Después de más o menos una hora el capitán
comprobó que las averías del Maipú eran tan graves
que no quedaba más remedio que abandonar el buque, por lo que ordenó
al oficial de radio a lanzar la señal de SOS. En pocos minutos
los puertos alemanes estaban en alerta. De Bremerhaven partió en
dirección al lugar del siniestro el Seebaer, de Borkun el Seefalke,
de Cuxhaven el Wotan y el Dantzig, los cuatro remolcadores de altura,
y desde la isla Wangerooge la embarcación de salvamento Lübeck.
Entre el disciplinado pasaje, con el chaleco salvavidas encima de los
pijamas y camisones como única ropa, no se produjeron escenas de
pánico lo que contribuyó a que no hubiera que lamentar fallecidos
ni heridos graves. Como establece la tradición, el capitán
fue el último en abandonar el barco.
El
buque causante resultó ser el USNS General M. L Hersey (T-AP-148),
un transporte de tropas norteamericano, que en ese momento iba abarrotado
con más de 3.000 militares que habían embarcado en Bremerhaven
y se dirigían a los Estados Unidos. Estaba igualmente dotado de
radar y funcionaba en el momento de la colisión, pero el observador
no detectó al Maipú posiblemente por su cercana posición
o al confundir el eco con una de las interferencias debida a la niebla.
Una vez comprobado que no existían daños propios importantes,
desde el buque norteamericano se organizó la ayuda para rescatar
a los supervivientes que fueron recogidos a bordo. Poco a poco se fueron
acercando otros buques para colaborar, recuperando igualmente a algunos
náufragos. Uno de los remolcadores intentó a la desesperada
enganchar al buque argentino pero con una escora de 60 grados era ya una
tarea imposible. A las tres horas de la colisión el Maipú
se hundió en una profundidad de 22 metros. Todos los supervivientes,
238 personas entre pasajeros y tripulación, se habían concentrado
en el USNS General M. L Hersey que puso rumbo de vuelta a Bremerhaven.
A bordo el trato fue correcto y lo primero que hicieron fue entregarles
ropa al haber perdido todas sus pertenencias y después bebidas
calientes, cigarrillos y algo de comida. En tierra alemana todo fueron
atenciones para los sufridos náufragos del Maipú.
La
naviera argentina FANU recibió el importe completo
del seguro del barco y el Gobierno norteamericano tuvo que indemnizar
por los daños sufridos por el buque, la carga, la tripulación
y el pasaje con 6 millones de dólares, al ser considerado el comandante
del USNS General M. L Hersey responsable del abordaje.
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GALERIA
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Mi
tía segunda “Yiya”, como integrante de la tripulación,
se encargó de dirigir a los pasajeros hasta la cubierta de los
botes salvavidas y a las escalas de embarque. Fue de las últimas
en abandonar el moribundo buque y mientras descendía por la escala
hacia el bote salvavidas que le esperaba se rompió la amarra y
vio como se alejaba del costado entre la niebla. No le quedó otro
remedio que tirarse hasta las heladas aguas desde donde fue rescatada
casi por los pelos cuando ya empezaba a hundirse. Nada más subir
a bordo del USNS General M. L Hersey se cambió de ropa y tras sobreponerse
a lo que acababa de pasar, se puso a atender a los pasajeros rescatados
que se encontraban todos bajo un estado de shock.
Muchas
personas después de vivir algo así abandonan y buscan otros
destinos menos duros y exigentes, pero mi tía segunda “Yiya”
continuó varios años más navegando de enfermera en
el Yapeyú, hermano gemelo del Maipú. Por eso y por la valentía
que demostró le dedico este artículo, que seguro nos estará
viendo desde allá arriba.
Prácticamente
no existe bibliografía sobre el naufragio del Maipú, ni
tampoco sobre las andanzas de sus hermanos gemelos. El libro “Les
grandes catastrophes maritimes” de Otto Mielke, publicado
por Editions Denoël de París en 1958, incluye un pequeño
capítulo dedicado al Maipú (páginas 33 a 40). También
el libro de Arnold Kludas “Great passenger ships of the world. Volume
5 1951-1976”, de la editorial inglesa Patrick Stephens Limited,
publicado Gran Bretaña en 1977, recoge una brevísima reseña
de los tres buques, así como sus tres fotos (páginas 32
y 33).
En
la prensa española, el periódico madrileño ABC,
en su edición del 8 de noviembre de 1952, recogía
en media página la conocida foto del Maipú hundiéndose
con el siguiente texto: “HUNDIMIENTO DEL TRASATLÁNTICO ARGENTINO
MAIPÚ.- A causa de la espesa niebla, el trasatlántico de
lujo argentino Maipú, que desplazaba 12.000 toneladas, chocó
con el transporte de tropas norteamericano M. L. Hersey, a 15 millas de
la costa alemana, hundiéndose totalmente a las tres horas. El Hersey,
desde cuya cubierta está tomada la fotografía, trasladó
a los náufragos hasta Bremerhaven.”
Siempre
había tenido intención de escribir sobre el Maipú
pero antes quería conseguir la información necesaria, algo
que se me antojaba imposible. Parecía que me iba a quedar con las
ganas hasta que conocí la excelente página de Internet www.histarmar.com.
Le agradezco enormemente a Carlos Mey, su creador y webmaster, las facilidades
dadas para la realización de este artículo. También
quisiera agradecer a Mónica Tomasevich, hija de Jorge Tomasevich,
primer oficial del Maipú en el momento del naufragio, el dar a
conocer a todos un importante testimonio gráfico e histórico.
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