Incendio
y hundimiento del Lakonia
Johan
Van Oldenbarnevelt
fue un estadista holandés, nacido en La Haya que vivió
a caballo entre los siglos XVI y XVII, y jugó un importante papel
en la lucha de Holanda para conseguir la independencia de España.
Una de las navieras holandesas más importantes, la Stoomvaart
Maatschappij Nederland (SMN), también conocida como Netherland
Line o Nederland Line, le dedicó en 1929 el nombre de un hermoso
trasatlántico que, pasados los años y con el nombre de
LAKONIA, destacó en las primeras páginas de los periódicos
españoles (y de buena parte del mundo) cuando terminaba el año
1963. “Tragedia en el mar”, “Pánico en el LAKONIA”,
“Fuego a bordo del trasatlántico griego LAKONIA”,
“Terrible tragedia en Navidad”, “La panique du LAKONIA”
o “SOS en el Atlántico, centenares de náufragos”,
eran algunos de los titulares que compartían esos días
con otras pequeñas noticias, pero no menos importantes, como
la de la desaparición de un mercante español: el CASTILLO
MONTJUICH con 37 tripulantes a bordo. Sin duda un triste final de año,
marítimamente hablando.
La
Stoomvaart Maatschappij Nederland fue fundada en 1870 con la finalidad
de establecer un servicio regular de pasajeros y carga entre Holanda
y sus colonias
asiáticas
en las Indias Orientales, vía Canal de Suez. Con el transcurso
de los años, los destinos fueron ampliándose a nuevos
puertos en los continentes Americano, Africano y Asiático, siempre
con Amsterdam como puerto base. El incremento de destinos hizo necesario
que se ampliara su flota mediante la adquisición de nuevos unidades.
En el mes de enero de 1928 la naviera encargó dos nuevos buques
gemelos, de nombre JOHAN VAN OLDENBARNEVELT y MARNIX VAN SINT ALDEGONDE
(otro estadista holandés y escritor que vivió en el siglo
XVI) al astillero holandés Nederlandsche Scheepbouw Maatschappij,
de Amsterdam (números de construcción 194 y 195, respectivamente).
La
puesta de quilla del JOHAN VAN OLDENBARNEVELT tuvo
lugar el 29 de junio de 1928 y fue botado el 3 de agosto de 1929. Una
vez en el agua, los remolcadores le trasladaron al muelle de armamento
donde se completaría su construcción. El enorme y estilizado
casco se pintó de negro, y sobre la blanca y proporcionada superestructura
se instalaron dos chimeneas de estilo británico. A proa y a popa
destacaban dos altos posteleros. Las características más
importantes, similares a las de su hermano gemelo, eran las siguientes:
JOHAN VAN OLDENBARNEVELT
Tonelaje de Registro Bruto
(TRB) 19.040 toneladas
Tonelaje de Registro Neto (TRN) 24.993 toneladas
Eslora total 185,4 metros
Eslora entre perpendiculares 178,7 metros
Manga 22,8 metros
Calado metros
Propulsión 2 motores diesel Sulzer (2 ejes)
Potencia 14.000 BHP
Velocidad 17 nudos (media)
El
lujo y la clase quedaban patente por la exclusiva decoración
realizada por dos famosos artistas holandeses que utilizaron materiales
nobles, como el mármol o las maderas exóticas. Un buen
número de pinturas y esculturas decoraban su interior, en el
que se podía encontrar una piscina con gimnasio, guarderías,
hospital totalmente equipado y numerosos refinamientos más.
El
nuevo trasatlántico contaba con siete cubiertas para el pasaje
y la tripulación. Sus más de 700 pasajeros de capacidad
estaban distribuidos de la siguiente forma: 327 (o 298) en primera clase,
274 (o 363) en segunda clase, 64 (o 99) en tercera clase y 48 en cuarta
clase, mientras que la tripulación estaba compuesta por 361 miembros.
Tanto los camarotes de primera, de segunda como de tercera clase eran
intercambiables, de acuerdo con las necesidades de cada viaje (ver las
cifras paréntesis). Asimismo, en sus siete bodegas de carga podía
transportar unas 9.000 toneladas de mercancías variadas, disponiendo
para su manejo de 12 grúas, con 3 toneladas de capacidad máxima
de carga cada una.
A
mediados de marzo de 1930 comenzaron las pruebas oficiales, en las que
llegó a alcanzar 19 nudos de velocidad. Tras
dos días y medio de navegación, en los que se sometió
al barco a numerosos ejercicios, todos con resultado favorable, el
JOHAN
VAN OLDENBARNEVELT, después de realizarle algunos ajustes en
el astillero, fue entregado a la naviera en el mes de abril. Su viaje
inaugural lo realizó el 6 de mayo de 1930, en el que se produjo
un grave incidente al colisionar con el mercante REGGESTROOM, de 3.854
TRB y de su misma nacionalidad. Las consecuencias no fueron muy importantes,
aunque tuvo que volver al astillero para reparar las abolladuras que
se produjeron en la amura de estribor.
En
sus primeros nueve años de vida se pasó haciendo viajes
consecutivos entre Holanda y las colonias orientales holandesas. Tras
varios cambios de rutas, el trasatlántico fue requisado por los
Aliados al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Con el fin de colaborar
en el esfuerzo bélico fue convertido en transporte de tropas
en los astilleros Harland & Wolff, de Belfast,
con capacidad para 4.000 personas, realizando multitud de viajes a través
de Atlántico y del Mediterráneo. Durante esos duros años
fue un barco con mucha suerte, mientras que su hermano gemelo, menos
afortunado, fue torpedeado y hundido por la aviación alemana
en las costas argelinas durante una operación militar.
Terminada
la guerra fue devuelto al Gobierno holandés y éste, a
su vez, lo transmitió a su naviera propietaria. El JOHAN VAN
OLDENBARNEVELT reinició al poco tiempo los viajes a Indonesía.
Las revueltas independentistas del país asiático le volvieron
a convertir en un transporte de tropas. En 1950, una vez conseguida
la independencia, el barco fue retirado de la línea a Indonesia
y cambió su destino a Sudáfrica y Australia, transportando
numerosos emigrantes. El éxito en su nueva tarea obligó
a la naviera a realizar diversas obras de mejora. Las cuatro clases
anteriores se convirtieron en 1.414 plazas en una única clase,
además de incluir aseo en todos los camarotes y otros arreglos
menores, que dejaron al trasatlántico con 19.787 TRB.
Conforme
pasaban los años la demanda de emigrantes iba descendiendo poco
a poco, de modo que en 1959 fue sometido a una importante reconversión
en buque de crucero. Durante los tres meses que pasó en los astilleros
de Amsterdam Dry Dock Company, se le redujeron el número de plazas
hasta los 1.210 pasajeros, se instaló aire acondicionado en algunas
de sus dependencias, se eliminó el palo de popa, se modificó
la forma de las chimeneas y se mejoraron infinidad de detalles. El casco
se pintó en un color gris claro lo que, junto a las modificaciones
externas, le daba un aspecto más moderno. El coste supuso una
inversión de 400.000 libras esterlinas y el remozado trasatlántico
pasó a tener 20.314 TRB.
Con
la llegada del mes de abril de 1959 comenzaba una nueva vida para el
trasatlántico. El primer viaje lo hizo desde Southampton hasta
Australia y Nueva Zelanda,
vía Canal de Suez, con vuelta a su puerto de inicio, vía
Canal de Panamá. Su estancia en los primeros años sesenta
por las antípodas realizando numerosos
cruceros
para la Trans Tasman Cruises lo convirtió en un buque muy popular,
donde era conocido familiarmente como “JVO”. La construcción
de nuevos trasatlánticos más confortables y mejor equipados
hizo que un buen número de antiguos buques quedaran en un segundo
plano. El JOHAN VAN OLDENBARNEVELT fue retirado en 1962 a la espera
de un comprador que le diera otra oportunidad.
Esta
oportunidad vino desde Grecia. Tras más de 30 años navegando,
su naviera de toda la vida lo vendió a Goulandris (Ormos Shipping
Company), una subsidiaria de la Greek Line, por un precio bastante razonable.
El 3 de febrero de 1963 partió de Sydney camino de Génova,
a donde llegó el 7 de marzo. En un astillero de la ciudad italiana
le esperaba una nueva modernización, de acuerdo con los estudios
realizados por la firma Officine Mariotti. Se renovaron todos los salones,
los camarotes, y otras dependencias, completando la instalación
de aire acondicionado en la totalidad del buque. Nuevamente se le modificó
el tonelaje que quedó en 20.238 TRB. El coste fue de 500.000
libras esterlinas, empleado prácticamente la totalidad de ese
importe en la redecoración de sus camarotes y en el aspecto exterior,
dejando el sistema propulsor para mejor ocasión. En su reluciente
casco, ahora pintado de blanco, lucía un nuevo nombre:
LAKONIA, aunque por entonces ya se le conocía familiarmente
como “La Vieja Gran Dama”.
Sus nuevos propietarios lo dedicaron a cruceros
por Europa en compañía de su compañero de flota
ARKADIA, otro veterano trasatlántico de 22.424
TRB, adquirido en 1958. Desde el puerto italiano se dirigió a
Southampton, para comenzar sus cruceros de dos semanas con escalas en
el archipiélago de Madeira, Islas Canarias, Vigo y El Havre.
En algunas ocasiones podía realizar también visitas a
Tánger, Casablanca, Cádiz, Málaga y Lisboa. Después
de la primera serie de cruceros entró en dique seco para efectuar
nuevas reparaciones. También se realizaron diferentes actuaciones
en la sala de máquinas, muy necesitadas después de tantos
años de duro trabajo y que estaban bastante abandonadas. El trasatlántico
griego disponía de 24 botes salvavidas con capacidad total de
1.500 personas, aunque su estado general no era muy bueno. No obstante,
los inspectores presenciaron un ejercicio de salvamento con el arriado
de siete botes, de los que cuatro llegaron al agua. Al encontrar todo
de forma satisfactoria, los inspectores le expidieron el correspondiente
certificado.
De nuevo, el LAKONIA lucía espléndido
en Southampton, atracado entre dos espectaculares trasatlánticos:
el QUEEN ELIZABETH y el QUEEN MARY. El 19 de diciembre de 1963
partió a las siete de la tarde (con dos horas de retraso
sobre el horario previsto) al mando del capitán Mathios Zarbis,
un hombre jovial y veterano marino, para realizar su crucero número
dieciocho con 651 pasajeros, la mayoría ingleses, y 385 tripulantes,
un conglomerado de hasta nueve nacionalidades. Una buena parte no había
navegado nunca en este barco y para otros era la primera vez que pisaban
incluso un barco. Durante los primeros días todo transcurrió
con normalidad si bien, el único ejercicio de salvamento que
se hizo mientras el buque navegaba por el Golfo de Vizcaya, no tuvo
la necesaria participación de los pasajeros. Todos los botes
salvavidas permanecieron trincados en su sitio respectivo y los pasajeros
tampoco hicieron pruebas para colocarse los chalecos salvavidas, ni
se explicó como saltar con ellos al agua.
El director del crucero, George Herbert, se encargaba
de entretener a los pasajeros, esperando la llegada de temperaturas
más cálidas conforme navegaban hacia el Sur. A
las 22:00 horas del domingo 22 de diciembre algunos pasajeros
empezaron a notar un ligero olor a humo. Al principio se creyó
que podría provenir de algún cigarro confeccionado con
tabaco fuerte. Un marinero en una ronda de vigilancia descubrió
el origen que estaba en el salón de peluquería, donde
el humo ya había empezado a filtrarse por las cubiertas inferiores.
En muy poco tiempo ya no se trataba solamente de humo, sino que se había
desatado un incendio en toda regla que, además, se propagaba
con bastante rapidez. El capitán fue
inmediatamente
informado y acudió al puente. A las 23:00 horas sonó la
alarma general y el jefe de máquinas, John Serafirmides,
recibió la orden del capitán de parar las máquinas
y preparar las bombas contraincendios. El trasatlántico se encontraba
en esos mementos a unas 180 millas al norte del archipiélago
de Madeira y a unas 370 millas de la costa marroquí. A pesar
de la rápida presencia en el lugar del incendio de un equipo
de extinción, compuesto por seis miembros de la tripulación,
el fuego empezó a descontrolarse, comprometiendo la situación
del trasatlántico. Parte de la culpa la tuvo la buena combustión
de los materiales y la mala planificación de las operaciones
para combatir el fuego, sin una dirección clara y con una total
falta de comunicación, en el que se cometieron una cadena de
errores.
Al tratarse de un barco viejo, no disponía
de los últimos adelantos en materia de seguridad y de construcción,
que eran obligatorios en ese momento. Por ejemplo, en el interior había
un empleo masivo de madera usado en la decoración y otros materiales
altamente combustibles. En esos momentos de apuro, se comprobó
el desconocimiento del barco que tenía una gran parte de la tripulación
y los graves
problemas
de comunicación que había entre ellos. El
tiempo pasaba hasta que el oficial de radio Dimitris Zegenis emitió
a las 23:44 el siguiente mensaje de socorro: “Fuego a bordo, posición
a las 23:30 latitud 35º 00’N, longitud 15º 15’W”,
aunque el capitán todavía esperaba acabar con el incendio
con los medios de a bordo. Sin embargo, el denso humo invadía
un buen número de espacios haciendo imposible la respiración.
El
mensaje de socorro fue captado por numerosos barcos, por varias emisoras
costeras e, incluso por el Coast Guard norteamericano en Nueva York,
gracias al sistema AMVER. Los barcos más cercanos se pusieron
inmediatamente en marcha hacia la situación indicada, gracias
a que se trataba de una ruta trasatlántica de paso. El liner
argentino SALTA (capitán Barrere), de 12.053
TRB, que se encontraba a unas 50 millas, y el carguero británico
MONTCALM (capitán Kempton), de 5.000 TRB, eran los más
próximos, aunque no los únicos. El pakistaní MEHDI,
(5.640 TRB), el americano RÍO GRANDE, de 8.159 TRB, el belga
CHARLESVILLE (capitán Lepas), de 10.946 TRB, el portaaviones
británico HMS CENTAUR (dotado de helicópteros, pero bastante
lejano), el norteamericano INDEPENDENCE (23.754 TRB), el igualmente
británico STRATHEDEN (23.722 TRB), también pusieron proa
a la escena de la tragedia. Estos dos últimos, bastante alejados
de la zona de la tragedia, desistieron de colaborar y continuaron rumbo,
cuando supieron de la presencia de otros buques. Como para los remolcadores
podía tratarse de un buen negocio, desde Lisboa partió
el holandés POOLZEE (328 TRB) y desde Casablanca el EL KEBIR
(332 TRB). Asimismo, la aviación intentó colaborar y desde
Gibraltar despegó un avión de patrulla marítima
de la RAF “Avro Shackleton” y desde una base de las Azores
partieron cuatro C-54 “Skymaster” norteamericanos (con numerosos
botes neumáticos lanzables).
En esos momentos, una buena parte del pasaje desconocía
la existencia del incendio y el fallo del sistema de megafonía
tampoco facilitaba las cosas. Poco a poco, las noticias iban conociéndose
y el pánico y la confusión empezó a contagiarse
entre el asombrado pasaje. La situación llegó a ser de
completo caos. En el puente, el capitán ordenó el abandono
del buque. Sin embargo, el problema de las comunicaciones volvió
a repetirse, produciendo la falta de conocimiento y la descoordinación
entre los miembros de la tripulación encargados de las operaciones
de abandono y del arriado de los botes. Buena prueba del retraso fue
que el primer bote estuvo en el agua a la media hora de ordenarlo el
capitán. Desde el LAKONIA, a las 00:10 horas, se radió
otro mensaje: “Fuego sin control, preparada la evacuación
del buque”.
A
media noche, el viento era del NE, fuerza 4, y había marejadilla.
Para favorecer la maniobra de arriado, el capitán ordenó
avante poca y timón a babor con el fin de crear por estribor
una zona de sotavento. Mientras, el oficial de radio envió un
nuevo mensaje de socorro indicando que abandonaban el barco y solicitando
ayuda urgente. En el LAKONIA, surgió un nuevo y grave problema
con los botes salvavidas y sus mecanismos de arriado, que eran de diseño
antiguo y no habían sido mantenidos adecuadamente. Los pasajeros
se apelotonaban delante de los botes mientras los tripulantes intentaban
hacer funcionar unos mecanismos que se resistían. Algunos aparejos
se rompían, dejando al bote colgando y provocando la caída
al agua de sus ocupantes. Otros aparejos fallaban a mitad del arriado.
La mayoría de los botes que llegaron al agua transportaban menos
de 50 pasajeros cuando podían llevar hasta 80. Cuando el último
de los botes operativos abandono el trasatlántico a las 01:30
horas, todavía quedaban a bordo unas 250 personas y 8 botes que
por diferentes motivos no pudieron moverse de sus pescantes.
Varias
escalas también fueron arriadas cuando el trasatlántico
empezaba a escorar a estribor. El fuego se había generalizado
y los pasajeros, presa del pánico, comenzaban a arrojarse a las
negras aguas cuya temperatura se encontraba a unos 18 grados centígrados.
En el mar, varios de los botes presentaban distintos problemas: había
fugas, las bombas no funcionaban, faltaba equipo, los motores no arrancaban
y tampoco había coordinación en su manejo, ya que ni se
acercaron al buque para rescatar más personas, ni llevaban un
rumbo eficaz para evitar los inconvenientes a sus sufridos pasajeros.
A las 01:30 horas, los maquinistas desalojaron la sala de máquinas
y sobre las 6 de la mañana, todavía de noche, se abandonó
toda esperanza de sofocar el incendio. Todos los que permanecían
a bordo se concentraron en la popa, desde donde se lanzaron numerosas
escalas y cabos. De repente, varias explosiones interiores hicieron
que cundiera el pánico y se produjera la evacuación definitiva.
No quedaba más que saltar al agua.
A
las 04:02 horas, el MONTCALM comunicó por radio: “Nos aproximamos
al LAKONIA. El fuego está activo aunque el casco no está
afectado. Se divisan botes salvavidas en el agua”. Mientras, el
SALTA enviaba a las 04:29 horas el siguiente mensaje: “Estamos
rescatando a las personas del primer bote salvavidas”. Desde el
aire, los aviones informaban a las 09:30 horas que varias explosiones
se sucedían a lo largo del buque y, lo que era más peligroso,
que todavía se veían numerosos pasajeros sobre la superestructura.
Entre
los buques salvadores, el SALTA, que recogió a 475 supervivientes
y 5 cadáveres, junto al RÍO GRANDE, que recogió
a 77 supervivientes más, pusieron rumbo las cuatro de la tarde
del día 23 a Funchal. El MONTCALM, que rescató a 282 supervivientes
y 15 cadáveres, se dirigió posteriormente a Casablanca.
Otros dos buques tuvieron que atender supervivientes: el MEHDI, con
28 rescatados y tres cadáveres (para Casablanca) y el CHARLESVILLE,
con 33 supervivientes, además del capitán Zarbis (abandonó
el LAKONIA alrededor de las diez de la mañana), y seis cuerpos
(para Santa Cruz de Tenerife). El buque belga abandonó la zona
de la tragedia cuando ya no se podía hacer nada más por
los pasajeros y tripulantes del LAKONIA. El HMS CENTAUR trasladó
a Gibraltar a 55 cadáveres, para su identificación y posterior
repatriación a Gran Bretaña.
El
jueves 24 de diciembre, día de Navidad, el LAKONIA continuaba
en llamas y era visible a lo largo del casco los efectos del fuego.
La escora había aumentado hasta los diez grados. El remolcador
de salvamento noruego HERKULES (280 TRB), junto con el POOLZEE (328
TRB) y otros dos remolcadores portugueses: PRAIA DE ADRAGA y PRAIA GRANDE
(672 TRB), se prepararon para remolcar al trasatlántico herido
hasta Gibraltar. El fuego había desaparecido pero la escora iba
en aumento. A las dos de la tarde del día 29 de diciembre, cuando
el convoy se encontraba a unas 250 millas de Gibraltar, en posición:
latitud 35º 56’N y longitud 10º 00’W, el LAKONIA
no pudo aguantar más y se fue al fondo del mar, empezando por
la popa y con la proa al final, como queriéndose resistir hasta
el último momento. Desapareció para siempre en tres minutos
en un lugar de 6.000 metros de profundidad, dejando a muchas personas
sumidas en la tragedia y en la desesperanza.
El
trágico balance final fue de 128 fallecidos,
de ellos 33 tripulantes y los restantes 95 eran pasajeros. En cuanto
a las causas del incendio, y a pesar de no poder realizarse una investigación,
existen varias hipótesis. Una colilla mal apagada o un cortocircuito
están entre las posibles, aunque tampoco se descarta la combustión
espontánea de alguno de los cosméticos altamente inflamables
que había en la peluquería. El LAKONIA estaba asegurado
en tres millones de dólares (unos 180 millones de pesetas de
la época), repartido de la siguiente forma: un cincuenta por
ciento en el mercado británico, un cuarenta por ciento en el
mercado alemán y el restante diez por ciento en el mercado francés
Tras
la tragedia se realizó una investigación oficial por la
Administración griega. Se analizaron las operaciones de extinción
y abandono, y se llegó a la conclusión que el capitán
y los oficiales habían cometido una negligencia grave. Meses
más tarde se celebró el juicio, encontrando culpables
al capitán y al primer oficial, Sypyridon Angelopoulos. Al primero
se le condenó a catorce meses de prisión y el segundo
tuvo que cumplir una pena de nueve meses. En el artículo correspondiente
al LAKONIA del libro: Disasters at sea, del capitán Richard A
Cahill, se recoge lo siguiente: “El gran error del capitán
Zarbis fue aceptar el empleo de los propietarios del LAKONIA, que son
los únicos culpables de la tragedia”. “…este
autor tiene poca simpatía por los sistemas que ignoran o evitan
la responsabilidad de los armadores. No hay duda que el sistema que
permitió escapar a la responsabilidad por enviar a un buque y
a su tripulación al mar bajo la cuestionable cobertura y un más
que dudoso certificado de navegabilidad es claramente imperfecto”.
Así acabó otra tragedia marítima más.